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Quince días para recordar siempre

21 abril, 2011

 Por Cristina Arango Sánchez, Premio Protagonistas del Mañana 2007.

Me invadían los nervios cuando el avión estaba aterrizando en Düsseldorf,  la curiosidad me podía. Y cuando vi el cartel de Rotary International en el aeropuerto a manos del secretario del RC de Borken, supe que ahí empezaba de verdad mi aventura.

No me equivocaba, en el camp pasé momentos de todo tipo: nervios, felicidad, tristeza y sobre todo, diversión.

A la primera integrante del camp que conocí fue a una chica belga, con la que acabé compartiendo habitación.  Entre nosotras hablábamos una mezcla de inglés francés y español que seguramente poca gente entendería.  Ese primer día fue el más duro, la gente iba llegando progresivamente, no nos conocíamos de nada y  había momentos en los que no sabíamos ni qué decir. Estoy convencida de que el idioma era el principal motivo.

No tardé en conocer a las que serían mis compañeras inseparables de toda mi estancia allí. Rápido se crearon pandillas entre toda la gente del camp. Si bien entre todos había buena relación., yo formaba parte de un cuarteto femenino de dos españolas una italiana y una india.  Los mejores momentos que viví en Borken fue con ellas. Alcanzamos una confianza muy alta, contándonos lo que nos preocupaba de nuestras vidas, riéndonos juntas de cualquier tontería. Sin duda fueron las personas que más me costó despedir la madrugada del día 22.

Fueron quince días muy intensos.  Totalmente programados, de un sitio para otro, casi sin tiempo libre. Todos echábamos de menos tiempo para ir de compras, para dar un paseo con tranquilidad,  jugar un partido de fútbol…

Es cierto que visitamos muchos lugares, de todo tipo: sitios que conservaré en mi mente toda la vida, lugares dignos de ver, como Colonia, Düsseldorf o Münster. Pero nunca llueve a gusto de todos, hubo visitas demasiado largas,  agotadoras (a industrias del textil, de acero, etc.). Algo, en lo que estábamos de acuerdo la totalidad del grupo.

Creo que los días que más disfrutamos fue aquellos en los que nos enseñaron a jugar al golf, escalamos por una estructura demasiado alta para algunos de nosotros, visitamos el museo del chocolate, y llegamos a Holanda en bicicleta. (60 Km. increíblemente divertidos. Creo que aquel día, todos volvimos a nuestra infancia, haciendo carreras, cantando canciones a voz en grito…).

La visita que más valoré fue en la bella ciudad de Münster, visitamos una casa museo que fue propiedad de un alto mando de la policía durante la segunda guerra mundial.  Es envidiable ver como una gente habla de la historia de su país reconociendo las horribles cosas que pasaron durante unos años atrás. Y demostrarnos como de la propia historia se aprende, y se evitan errores en el futuro.

Creo que lo que más valió la pena de todo el viaje, más que todos los lugares que visité, más que las actividades que realicé, fue  la gente que conocí, las culturas con las que contacté.Y es que, en el fondo, eso es lo que cala en nosotros, las relaciones humanas. Y siempre nos aportará más un testimonio de un amigo, que te cuenta su vida y  sus costumbres; que todos los libros y todos los documentales del mundo.

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