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Asamblea de Distrito. Valladolid 2010.

11 abril, 2011

Pilar del Pozo 

Creo que  desde que soy rotaria, he acudido todos los años a las Asambleas de nuestro Distrito: Salamanca, Cáceres, Valladolid,   etc., y siempre regreso a nuestra sede del club con ilusiones, explicando todo lo concerniente a los clubes, a sus trabajos, y animando a todos los socios a que acudan a los actos rotarios que les sea posible, pues en todos y en cada uno de ellos siempre he aprendido algo nuevo sobre los rotarios, sus inquietudes y sobre los trabajos realizados.

En esta ocasión aprendí algo ya muy viejo,  tanto como lo son los ideales del rotarismo y que  impactó muchísimo,  a mi y a todos los presentes (a mas de uno le saltó una  lagrimita sin poder evitarlo). Os lo cuento:

Se celebró el Congreso en Valladolid del 19 al 21 de marzo de 2010. El viernes día 19,  por temas familiares yo llegué justo para la “cena de la amistad”. Había tenido lugar durante la tarde la entrega de  credenciales y la presentación de banderas. Desde el  hotel nos trasladaron en autobús al lugar de celebración y fue como en otros congresos rotarios anteriores: un encuentro de amistad en el cual te vuelves a encontrar con  amigos y haces otros nuevos. El sábado por  la mañana dio comienzo la asamblea para presidentes y secretarios electos,  en una hora temprana,  y en la que se les dieron  las charlas preparatorias que preceden a sus funciones durante ese año que van a representar a su club. A continuación, dio comienzo la Asamblea General del Distrito 2201,  con diversas ponencias y presentación de las cuentas anuales, así como los programas de servicio humanitario realizados  a nivel de distrito. En ese momento te das cuenta de la verdadera dimensión humana de Rotary, viendo a tu lado  al compañero rotario que trasladó bombas de agua a un  lugar  donde no se llega fácilmente, y otras experiencias cuyo relato ocuparía más espacio del que dispongo.

Se celebró la comida en los claustros del convento de Los Agustinos Filipinos de Valladolid, donde nos ofrecieron una  degustación de pinchos elaborados por distintos restauradores del lugar;  se hizo entrega de las credenciales al nuevo club Rotaract  de Valladolid, y regreso al salón de sesiones para hacer el recuento de asistentes a la Asamblea, facilitarnos más información,  y proceder a la clausura de  la asamblea general, regresando al hotel para descansar un poco y arreglarnos para la cena de  gala,  en la cual da comienzo la historia que quiero relatar.

Se inició la cena y después del saludo a los asambleístas por parte de la representante del Gobierno de Castilla León, que nos elogio como personas de buen hacer,  subió al estrado el rotario del RC de Valladolid,  José Luís Mosquera Pérez,  de 84 años,  para pronunciar las siguientes palabras:

Quizás no me pueda expresar todo lo bien que desearía, pues he tenido un ictus que me afecta al habla,  pero quiero deciros  que en mi familia vamos por la cuarta generación rotaria: lo fue mi padre, lo soy yo, lo es mi hijo y, este mediodía,  se impuso en el club Rotaract de Valladolid la insignia a mi nieta. En el año 1934  yo tenia unos soldaditos de plomo con un cañón que lanzaba granos de arroz, y mi padre rotario y dos amigos suyos también rotarios,  monárquico el uno y republicano el otro, me reñían por usar los soldaditos y el cañón, diciéndome que eso era violento, y por eso me recomendaban hacer uso de otros juguetes. Yo me debatía entre la disyuntiva de hacerles caso o seguir con mis juegos,  pues tenía 9 años y me gustaba mi cañón, por lo que decidí  no jugar delante de ellos con mis soldaditos y así acabar con los consejos que a diario recibía. Llego el año 1936  y con el la guerra que todos conocemos así como sus consecuencias. Durante la misma a los dos amigos de mi padre  mataron por sus ideas políticas. En mi mente solo quedaba el recuerdo de que ninguno de los dos quería la violencia, eran amigos de mi padre y los dos creían que enseñar  a un niño a no usar juguetes bélicos seria bueno para todos”.

En ese momento de la narración se le quebró la voz,  recibiendo un aplauso tan cerrado que seria imposible calcular los decibelios del ruido atronador que había en la sala. La emoción le impedía continuar y tuvo que retirarse  del estrado ayudado por algún compañero  que estaba a su lado.

Con la emoción de aquel momento me vino a la mente algo que desde muy antiguo distingue a los Rotarios: el fomento a la amistad, la ayuda a otros en la medida de sus posibilidades, el no dar importancia a  las ideas políticas o religiosas que cada cual tenga, algo que un niño aprendió hace 75 y que,  si nosotros continuamos haciéndolo, quizás algún día nuestros nietos puedan dar un discurso parecido en un mundo mejor.

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